Repensando el desperdicio de alimentos desde un enfoque de sistemas alimentarios sostenibles

Repensando el desperdicio de alimentos desde un enfoque de sistemas alimentarios sostenibles
Repensando el desperdicio de alimentos desde un enfoque de sistemas alimentarios sostenibles

Imagen de un comedor de Campos Estela.

 

Desde el año 2015, el desperdicio de alimentos es reconocido como uno de los problemas más graves de nuestro sistema alimentario actual, y para ello debe abordarse de manera coordinada y colaborativa, ya que los objetivos y medidas marcadas a nivel internacional y europeo sólo proporcionan una indicación sin medidas vinculantes.

Datos del desperdicio alimentario

En la UE, el desperdicio de alimentos asciende a 180 kg por persona. Los análisis demuestran que las pérdidas ocurren a lo largo de toda la cadena de suministro, en las etapas de producción agrícola, procesamiento, distribución y consumo final. Esta estadística no solo es alarmante, si no también moralmente inaceptable dada la distribución desigual de los alimentos y la desnutrición a escala mundial (más de 820 millones de personas padecen hambre en el mundo), sino también teniendo en cuenta la cantidad significativa de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) atribuidas al desperdicio de alimentos. Se estima que el 20 % de los alimentos producidos en Europa se desperdicia o se pierde; si estas pérdidas fueran un país, sería el tercer mayor emisor de GEI de la Unión Europea.

El desperdicio de alimentos debido a la sobreproducción, los daños durante largas distancias de transporte, el almacenamiento inadecuado o la venta de porciones inadecuadas también representan pérdidas de agua y tierra y dan lugar a la inseguridad alimentaria. Además, se producen costes adicionales a través de alimentos no consumidos que deben recolectarse, redistribuirse o tratarse mediante compostaje, por ejemplo.

Jerarquía de residuos alimentarios

En base a esto, el desperdicio de alimentos requiere acciones diferentes en su gestión y para ello, es necesario adoptar una jerarquía de desperdicio de alimentos específica. En primer lugar, la prevención del desperdicio de alimentos en el origen e igualmente a lo largo de todas las etapas de la cadena de suministro debe ser el principal pilar para lograr la reducción del desperdicio de alimentos y a la hora de repensar el sistema de producción y distribución de alimentos, puesto que el mejor residuo es el que no se genera. Los alimentos sobrantes que aún son seguros para el consumo también se pueden redistribuir o donar. Si bien esto no debe verse como una solución ideal, puede ser una opción para ofrecer alimentos a precios reducidos, más asequibles y fortalecer las redes de solidaridad, siguiendo la legislación a diferentes niveles de gobernanza. Como último recurso, la reutilización de alimentos o el reciclaje mediante compostaje o digestión anaeróbica son las formas de tratamiento necesarias, ya que permiten la producción de biogás o el reciclaje de nutrientes en los suelos. En última instancia, evitar cualquier almacenamiento o eliminación de residuos de alimentos por incineración.

Sin embargo, todas las intenciones hacia una reducción del desperdicio de alimentos no pueden verse de forma aislada, sino que deben consolidarse con el objetivo más amplio de contribuir a un sistema alimentario sostenible que sea más saludable, ecológico, económicamente viable, social, ético y resiliente. Las cadenas cortas de suministro de alimentos y los sistemas alimentarios locales sostenibles pueden apoyar a los pequeños productores locales y la biodiversidad local, fomentar la participación de la comunidad y la conciencia ciudadana sobre la producción de alimentos orgánicos y la nutrición saludable, reducir los costos económicos y ecológicos del transporte y fomentar entornos alimentarios de bajo desperdicio. Abordar el desperdicio de alimentos mediante la transformación de las cadenas de suministro debe ir de la mano de la reducción de envases que contienen altos niveles de productos químicos, en algunos casos bastante tóxicos. 

Buenas prácticas

Mientras que la Unión Europea y los gobiernos nacionales deben proporcionar los marcos de acción necesarios (de la granja a la mesa), las ciudades y los municipios pueden ser la fuerza impulsora de esta transición a través de:

  1. El diseño y adopción de planes integrales destinados a una transición hacia un sistema alimentario sostenible;
  2. La participación de todas las personas (a nivel comunitario) en la producción de alimentos locales y de temporada;
  3. El compromiso de los actores públicos y privados a desarrollar actividades de prevención y reducción del desperdicio de alimentos;
  4. La Sensibilización y educación sobre el valor de los alimentos en todos los espacios públicos y privados, si es posible y;
  5. El desarrollar sistemas adecuados de separación y gestión de residuos orgánicos.

Muchas comunidades europeas ya son pioneros y ofrecen ejemplos de buenas prácticas para la reducción del desperdicio de alimentos, como París u Oporto. No obstante, a nivel nacional también nos encontramos con municipios e iniciativas ciudadanas que son parte del cambio. La ciudad de Barcelona ejemplifica cómo se pueden ajustar y mejorar las políticas municipales de alimentos y desechos para una transición del sistema alimentario. Esta ciudad está siguiendo hojas de ruta hacia una economía circular y ha adoptado medidas específicas a nivel local. Además, en Barcelona y Cataluña, en general, tiene en marcha numerosas iniciativas a señalar, como la de Espigoladors, una organización sin ánimo de lucro que nació en 2014 y lucha por el aprovechamiento de los alimentos a la vez que empoderan a personas en riesgo de exclusión social de una manera transformadora, participativa, inclusiva y sostenible; la Plataforma Aprofitem els Aliments, que realiza actos de impacto como El Gran Dinar [la gran comida], en el que en 2014, sirvieron 4.115 raciones de comida y se recuperaron más de cuatro toneladas de alimentos; o Rezero, una fundación sin ánimo de lucro que apuesta por impulsar ideas, normativas y proyectos innovadores para que tanto las empresas, las administraciones públicas como la ciudadanía puedan tener la posibilidad de disfrutar de un modelo de producción y de consumo hacia el residuo cero.

En Madrid también encontramos numerosas iniciativas, como la iniciativa “Yo no desperdicio, yo comparto”, lanzada por la ONG en colaboración con el Ayuntamiento de Madrid o la iniciativa Matrioska de MARES Madrid, la cual es considerada como un referente a la hora de  concienciar a la gente de la necesidad de llevarse la comida que les sobra cuando va a un restaurante. Ese gesto tan simple puede ayudar no sólo al medio ambiente, sino también a las personas que se encuentran en situación de vulnerabilidad y de exclusión social, teniendo la oportunidad de darles dicha comida.  La iniciativa “Tu basura vale un huevo”, de Ecologistas en Acción en Sevilla, persigue utilizar residuos orgánicos como recurso, evitando que acaben descomponiéndose en el vertedero, así como implicar activamente al colectivo de vecinos. En Zaragoza también existen numerosas iniciativas a destacar, pero de ellas hablaremos en otro artículo, ya que recientemente gracias al impulso de la Estrategia de Alimentación Sostenible y Saludable se está elevando a niveles superiores de gobernanza de la ciudad, pues se entiende que la concienciación de la ciudadanía o los compromisos voluntarios por sí solos no lograrán el objetivo de reducción del 50 %  marcado por Europa y el Objetivo de Desarrollo Sostenible 12.3, así como el objetivo de reducir las emisiones de GEI en un 55 % hasta 2030 fijado en el Pacto Verde Europeo.

Conclusión

Los consumidores no deberían asumir la responsabilidad principal. Se debe incentivar a los actores que configuran el sistema alimentario para que reduzcan las pérdidas de alimentos, especialmente también a nivel de (pos)cosecha y antes de la venta al por menor. La UE y España, en particular, puede consolidar los esfuerzos locales y comunitarios para prevenir el desperdicio alimentario y crear una transición sistémica asignando más recursos a planes agrícolas; promover el desarrollo de cadenas cortas de suministro de alimentos a través de fondos de investigación e infraestructuras de apoyo para la comercialización directa por parte de los agricultores, que también se valoren en mayor medida en los procesos de licitación pública; incentivar maneras alternativas de reaprovechar los excedentes alimentarios de supermercados y mercados municipales, de manera que la recogida sea selectiva y segura para su donación; y promover campañas de concienciación que marquen un cambio en las prácticas de las empresas y si no se les aplique el principio de “quién contamina, paga”. Depende de todos y todas transitar hacia un sistema alimentario más resiliente, saludable y justo.

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