Reflexiones desde la hamaca

Reflexiones desde la hamaca
Reflexiones desde la hamaca

Recientemente leía un artículo en The Guardian sobre por qué no llamamos a la comida rápida por su verdadero nombre – comida barata. En dicho artículo, la autora, Barbara Ellen, venía a decir en resumen que:

  • En muchas ocasiones, no son sentimos atraídos por la velocidad con la que se hacen, por ejemplo, unas patatas fritas (con más aceite que patata); si no porque este tipo de comida es fácil, conveniente y barata.
  • En los últimos años, el número de este tipo de establecimientos se ha incrementado tanto en países en desarrollo como en países en vías de desarrollo, sobre todo en entornos donde viven personas con menor poder adquisitivo. Es, por tanto, importante recordar que, para aquellos con presupuestos muy ajustados y presionados por el tiempo, lo barato es el rey.
  • Entonces, ¿por qué persistir en todos los eufemismos dolorosos y censurados? ¿Por qué no cambiar la terminología y hacer que la comida rápida tome su significado real y completo – el reconocimiento de una dura verdad económica? Estoy segura que si estas personas pudieran obtener o preparar su propia comida, preocuparse por la calidad de lo que meten en sus cuerpo, o en los de sus hijos, la historia sería bastante diferente.

Algunos consumidores se autoorganizan en cooperativas. Foto. Landare. Navarra.

Personalmente, coincido con la autora, ya que en un mundo en el estamos perdiendo la batalla contra la obesidad (y otras enfermedades crónicas) como nueva crisis sanitaria a través de un consumo actual de alimentos ricos en azúcar, grasa y sal, deberíamos abordar el problema desde un punto de vista más holístico, incluyendo el control sobre la publicidad y la comercialización de este tipo de productos poco saludables.

Las compañías alimentarias siempre están buscando nuevas vías de llegar a su público estrella – los niños y los jóvenes – a través de las nuevas tecnologías (televisión, Internet, aplicaciones móviles). Por eso, si los gobiernos y el público vieran que este tema es de alta prioridad – que lo es -, y decidieran tomar una firme posición y regular la comida barata – porque pueden hacerlo -, tal vez diéramos un gran paso adelante en pro de un sistema alimentario más saludable, equitativo y sostenible.

No abordar el problema que nuestro consumo alimentario tiene para el medioambiente, la salud (tanto nuestra como de nuestras futuras generaciones), y la economía, sería un gran fracaso al que no estoy dispuesta a contribuir.

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