Los antibióticos que comemos

Los antibióticos que comemos
Los antibióticos que comemos

Cuando en 1945 Alexander Fleming ganó el Premio Nobel por el descubrimiento de la penicilina y sus efectos curativos para muchas enfermedades infecciosas, advirtió acerca de la utilización masiva de este tipo de productos y sus consecuencias como «arma» complementamente ineficaz. Tras 70 años de esta llamada, la política mundial tiene que enfrentarse al espectro apocalíptico de los antibióticos y la ventaja de algunas bacterias de las que no podemos defendernos.

En la actualidad, aproximadamente 25-30.000 personas en Europa mueren cada año debido a enfermedades resistentes a los antibióticos. De hecho, algunos estudios estiman que las enfermedades resistentes a antibióticos en 2050 podrían pasar a ser diez millones de personas al año y convertirse en la primera causa de muerte en mundo. Como una demostración más de lo que promete ser una emergencia, Barack Obama, dijo que las bacterias resistentes a los antibióticos son uno de los más graves problemas de salud pública a los que nos enfrentamos hoy en día y ha creado un grupo de trabajo sobre el tema.

El tema de la resistencia a los antibióticos se señalo anoche en un informe, cuya autora Sabrina Giannini apunta los abusos médicos que se llevan a cabo de esta sustancias, pero, sobre todo, contra el sistema de cría intensiva, responsable del uso del 70% de todos los antibióticos producidos en el mundo.

Al igual que otros seres vivos, los microbios evolucionan y, a través de la selección, fortalecen las especies con el cambio de sus activos para protegerse, por ejemplo, del ataque de los antibióticos. Tal resistencia se va extendiendo en el interior del cuerpo y así, debido al uso abusivo de antibióticos en la cría de animales, tenemos una alta presencia de microorganismos multirresistentes en los intestinos de los animales, que a su vez desarrollan una alta resistencia a los antibióticos, por lo que su utilización se hace cada vez menos eficaz. La carne se convierte en un vehículo de la infección, pues las bacterias se mueven del animal al medio ambiente. De esta manera desarrollamos resistencia a los antibióticos.

Por lo tanto, si en los últimos noventa años los antibióticos han permitido el progreso de la medicina y derrotado a las bacterias patógenas, que colonizan los seres humanos, el medio ambiente y los productos animales que comemos, la resistencia a los antibióticos es un problema que afecta a toda la población mundial. Dentro de Europa, Italia es uno de los países más afectados. Sólo Italia, de hecho, tiene un consumo de antibióticos entre los más altos de Europa: 1300 toneladas de medicamentos que se utilizan para 30 millones de animales de granja.

¿Existen alternativas al uso abusivo de antibióticos en las granjas? Muchas experiencias, como los Baluartes Slow Food, parecen indicar que sí. La alternativa es una crianza donde el uso de antibióticos es la excepción y en el que el animal está «curado» a través de una alimentación más sana, un espacio adecuado y una limpieza de las instalaciones.

La clave de la pregunta fue planteada por un agricultor holandés que fue preguntado por que aún no se había cambiado a un tipo de crianza más. Según él: «Este es el problema, o más bien el desafío: si el consumidor está dispuesto para pagar la carne a un precio razonable, todos estaríamos contentos de producir de forma orgánica». En este momento, de hecho, para un criador es menos costoso no utilizar antibióticos y garantizar, en su lugar, que los animales se encuentren en condiciones saludables.

Por tanto, estamos ante un círculo vicioso en el que los agricultores producen intensivamente con el fin de ofrecer un producto a un «costo aparentemente» menor que el de los consumidores demandan por querer consumir todos los días carne a bajo precio. Este círculo puede romperse por la acción combinada de políticas europeas y nacionales y un cambio en los patrones de consumo de los ciudadanos, a través del «boicot» a la carne procedente de granjas industriales.

A pesar de los compromisos políticos, sin embargo, será difícil imponer la reducción del uso de antibióticos en la ganadería intensiva, porque debemos cambiar radicalmente un modelo basado en el éxito de la política de precios bajos – y todo lo que ello implica.

Traducción libre de Mensa Cívica de este artículo de Slow Food Italia

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