La urgente necesidad de cambiar nuestro enfoque hacia entornos alimentarios sostenibles

La urgente necesidad de cambiar nuestro enfoque hacia entornos alimentarios sostenibles
La urgente necesidad de cambiar nuestro enfoque hacia entornos alimentarios sostenibles

El problema

Todos los días, tomamos más de 200 decisiones alimentarias. Estas decisiones se ven afectadas por nuestro entorno; en otras palabras, por cómo interactuamos con la comida desde el momento en que nos despertamos hasta el final de nuestro día. En la ciudad, nuestro entorno alimentario es por tanto nuestra casa, la calle donde compramos el pan, el mercado donde hacemos nuestras compras el fin de semana, la máquina expendedora en el trabajo o el bar donde vamos a tomar una cerveza o una croqueta.

Los entornos están influenciados por factores políticos, económicos y factores socioculturales. Por ejemplo, afectan el tipo de comida disponible, cuándo y dónde está disponible, y su precio y apariencia. Por otro lado, este entorno no es solo externo: es también afectados por nuestros gustos y preferencias, por nuestro acceso físico a alimentos y conveniencia dependiendo de nuestras actividades diarias, así como nuestra capacidad para pagar diferentes productos alimenticios. Este conjunto de factores explica por qué comemos de la forma en que lo hacemos y la necesidad de cambiar nuestra alimentación y entornos para hacer realidad la alimentación sostenible para todos y todas.

Las ciudades se han convertido en entornos alimentarios obesogénicos; es decir, promueven el consumo de productos con alto contenido de calorías, grasas, sal y azúcares, como comida rápida y snacks. Estos productos se pueden encontrar en todo tipo de comercios, restaurantes y cafeterías, máquinas expendedoras y publicidad. Además, son productos muy atractivos que se pueden consumir mientras caminas o mientras se hace otra cosa, por lo que son especialmente adecuados para diferentes estilos de vida y horarios urbanos. Según UNICEF, este tipo de alimentos está aumentando la tasa de malnutrición infantil en las ciudades. Estar rodeado por este tipo de alimentos y los mensajes publicitarios limitan la capacidad de las personas para comer de forma sostenible. De hecho, es importante crear entornos que hagan que la elección de alimentos sostenibles sea la opción más fácil y deseable. Enseñar qué es la alimentación sostenible en el plan de estudios escolar tiene efectos limitados si el camino de regreso a casa está acompañado de comida basura y bollycaos. Por lo tanto, necesitamos transformar físicamente nuestras ciudades: la alimentación sostenible debe ser visible, deseable y celebrada.

Uno de los desafíos de la creación de entornos alimentarios sostenibles es recuperar la capacidad de dar forma a los espacios para generar bienes públicos. Esto significa que nuestros vecindarios, con sus tiendas, mercados, parques, instalaciones deportivas, medios de transporte, restaurantes y cafés, deben facilitar el acceso a alimentos sostenibles para todos. El proceso de transformación de la ciudad para crear entornos alimentarios sostenibles está plagada de desafíos y dificultades, como dinámica de gentrificación alimentaria. La comida puede ser otro aspecto más del proceso de gentrificación; es decir, la creación o expansión de servicios e infraestructura por parte de gobiernos, intereses económicos o grupos sociales que atraen grupos de ingresos más altos y desplazar a los residentes de bajos ingresos. Estos incluyen, por ejemplo, la remodelación del mercado y la expansión de espacios verdes a través de iniciativas de agricultura urbana que atraen a las clases medias y elevan el precio de la vivienda. Una vez más, estos procesos de gentrificación muestran el papel central que juegan en la alimentación en la conformación de las ciudades y su vinculación con otros sectores, desde la planificación hasta la vivienda.

La ubicuidad de la publicidad de alimentos insostenibles también muestra claramente la necesidad de transformar nuestra comida: uno de cada cuatro euros de publicidad se gasta en alimentación y, en España, aunque la industria agroalimentaria se ha comprometido a autorregular su publicidad, el 77% de los anuncios de alimentos son para alimentos no saludables, y el 46% de estos son para productos, como barras de chocolate, galletas, dulces y bebidas energéticas , que, según la Organización Mundial de la Salud, nunca deberían publicitarse.

Los productos anunciados no solo tienen un contenido nutricional extremadamente pobre, sino también mucha publicidad. Los mensajes refuerzan los estereotipos de género y los estándares de belleza que pueden conducir a prácticas alimentarias nocivas, como la anorexia o la bulimia. Del mismo modo, el etiquetado de los alimentos sigue siendo confuso y tiende a inducir a error en lugar de informar y ayudar a los consumidores a tomar sus propias decisiones.

¿Qué podemos hacer?

La transformación de los entornos alimentarios requiere la implementación muchas de las acciones. Por ello, para lograr entornos alimentarios sostenibles y empoderadores se debe transformar la estructura urbana y nuestra experiencia de la ciudad.

Para hacer realidad los entornos alimentarios urbanos sostenibles, debemos incorporar los principios de alimentos sostenibles en el proceso de diseño de la ciudad. La planificación urbana es, por tanto, una herramienta fundamental. Para, por ejemplo, algunas ciudades han utilizado esta herramienta para proteger y promover la agricultura urbana y periurbana, limitar la apertura de restaurantes de comida rápida cerca de las escuelas o requerir una evaluación de impacto en la salud para otorgar licencias a tiendas y restaurantes.

Como parte de la experiencia urbana, recibimos constantemente información sobre lo qué comemos. Es importante mejorar la calidad y el acceso a esta información con el fin de educar al público sobre los alimentos y ayudarlos a tomar decisiones. Un factor clave para apoyar una toma de decisiones más sostenible es el etiquetado de los alimentos. Varios estudios muestran que las compras de alimentos se ven afectadas por aspectos nutricionales, aunque una alta proporción de personas no comprenden las etiquetas actuales (que generalmente solo muestran la composición del producto). Por lo tanto es importante mejorar esta información. Actualmente, la legislación europea sobre etiquetado abre la puerta a cambios voluntarios, como el sistema de semáforo o Nutriscore donde productos con alto contenido energético, azúcar, sal y grasa reciben una calificación de rojo. También hay iniciativas innovadoras más allá de la industria alimentaria, como restaurantes, comedores de empresa, tiendas o aplicaciones móviles que han empezado a proporcionar este tipo de información a sus clientes. En Nueva York, todos los establecimientos de alimentación deben tener la información nutricional de sus menús acompañada de datos sobre la ingesta calórica recomendada para una dieta saludable. En Melbourne, Australia, se utiliza el esquema de etiquetado de semáforos para alimentos y bebidas en centros públicos de ocio y eventos, incluidas las máquinas expendedoras.

La publicidad también juega un papel clave a la hora de informar y persuadir a los consumidores. Algunas acciones para transformar la publicidad alimentaria incluyen, por un lado, aprovechar las oportunidades para promover alimentos en lugares públicos y privados que van desde el transporte público, escuelas e instalaciones sociales y sanitarias a canales de televisión, eventos, anuncios y redes sociales. Por otro lado, también es importante limitar o prohibir la publicidad que aliente a las personas a comer alimentos poco saludables. Por ejemplo, el alcalde de Londres ha prohibido la publicidad de comida basura en la red de transporte público de la ciudad.

Otra área clave se relaciona con las estrategias de marketing. Las estrategias de marketing que se utilizan para vender productos alimenticios son muy diversos, desde anuncios hasta el posicionamiento de productos, ofertas especiales, patrocinio o muestras gratuitas, entre otros en supermercados o hipermercados, que son todavía los establecimientos por excelencia donde gran parte de la población realiza sus compras semanales. También existen técnicas cada vez más complejas para atraer e inducir determinados comportamientos para promover una alimentación saludable y no saludable. Estas prácticas se pueden utilizar de muchas formas para promover dietas sostenibles. Por ejemplo, San Francisco ha prohibido a los restaurantes regalar juguetes con menús para niños a menos que cumplan con los estándares nutricionales mínimos.

Sin duda estos constituyen algunos ejemplos de cómo transformar nuestros sistemas alimentarios, por no hablar de una de las herramientas fundamentales como es la compra pública de alimentos en restauración social y colectiva (por ejemplo, escuelas infantiles, universidades, hospitales, residencias). Estos sectores públicos son lugares ideales en los que ayudar a crear entornos alimentarios propicios para dietas saludables y sostenibles, debido a que la compra de alimentos aborda tanto la urgencia de la pérdida de biodiversidad y el cambio climático como contribuye a hacer frente a los altos niveles de obesidad y enfermedades crónicas. Por ejemplo, a través de un mayor contenido de alimentos ecológicos y que requieran más variedades de frutas y verduras, así como más alimentos de origen vegetal que animal y menos desperdicio de alimentos. Además, esta compra de alimentos tanto sostenibles como saludables es rentable. Experiencias en otros países de Europa (Dinamarca, Eslovaquia, Francia, Italia, República Checa) demuestran que se puede mantener el mismo presupuesto mediante cambios de menú (y / o modificaciones de recetas), la planificación inteligente del menú y adaptar las porciones a los diferentes grupos de edad. Al adoptar una perspectiva más amplia y examinar el rendimiento social de la inversión, las buenas prácticas, como la de East Ayrshire en Escocia muestra que un euro gastado en comidas escolares sostenibles puede generar hasta seis euros para la comunidad local a través del empleo, el medio ambiente y la salud. Este rendimiento no sólo es social, si no también económico, ya que mejoran la productividad en los lugares de trabajo y mejores resultados educativos en la escuela. Por ejemplo, un estudio encargado por el Ministerio de Alimentación de Alemania en 2018 mostró que invertir en alimentos más saludables solo aumentaría el coste de una comida en cuatro céntimos por comida, siendo el coste por comida menor cuanto mayor es el tamaño de los comedores.

 

En definitiva, la narrativa de la política alimentaria dominante se ha centrado en promover «elecciones responsables del consumidor» cuando no es así como funcionan las cosas a medida que las personas viven su día a día. La evidencia es abrumadora en cuanto a que las elecciones diarias de alimentos no suelen basarse en la mejor información disponible, si no en muchos otros factores tal y como se ha dicho al inicio. Es por ello, que es necesario pasar al «enfoque del entorno alimentario» en lugar de «decir a los consumidores qué comer». Este nuevo enfoque permite empoderar a las personas para que puedan elegir en línea con el cambio tan necesario hacia sistemas alimentarios sostenibles.

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