La trampa de lo “local” o por qué deberíamos incentivar la compra de productos locales

La trampa de lo “local” o por qué deberíamos incentivar la compra de productos locales
La trampa de lo “local” o por qué deberíamos incentivar la compra de productos locales

Hoy se celebra el Día Mundial de Localización, un día que pretende inspirar un cambio estructural duradero para el bienestar de las personas y el planeta en su conjunto, teniendo en cuenta el fomento de los sistemas alimentarios locales saludables.

La localización de nuestros sistemas alimentarios es uno de los aspectos que más se han debatido en los últimos años de cara a la necesaria transformación de nuestros sistemas alimentarios. Y aunque es cierto que esto puede ser una realidad en algunas partes; en otras, producir localmente no es posible.

Idealmente, como ocurría tradicionalmente, la producción agrícola estaba situada lo más cerca posible de las áreas de consumo.  Actualmente, en muchas partes estos requeriría una reconfiguración completa de la producción agrícola y un relativo abandono de las especialidades regionales. Sin embargo, en muchos países, estos han sido objeto de una política de promoción y protección de la tipicidad de los productos y el saber hacer asociado frente a la estandarización alimentaria. Se trata pues de encontrar un compromiso entre dos tendencias a priori contradictorias: diversificar para reducir los efectos negativos de la especialización o especializarse para aprovechar características de un territorio.

La relocalización a menudo se percibe como beneficiosa desde el punto de vista ambiental porque reduce las distancias recorridas. Es por ello que se impulsó el método de cálculo de kilómetros alimentarios (food miles), propuesto por Tim Lang y formalizado por Angela Paxton  en los años 90, con el objetivo de plasmarlo en los productos alimentarios para ayudar a los consumidores a reducir su huella de carbono. Desde entonces, los cálculos del análisis del ciclo de vida de los sistemas alimentarios han revelado que, en última instancia, la parte limitada de las emisiones relacionadas con el transporte.

A escala global, el transporte representa alrededor del 9% de las emisiones de gases de efecto invernadero del sistema alimentos, mientras que la producción agrícola representa más de un tercio de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Por lo tanto, acortar la distancia de suministro tiene un menor impacto en la huella de carbono del sistema alimentario. Así, un alimento producido localmente, pero fuera de temporada en un invernadero climatizado, podrá consumir más energía y liberar más gases de efecto invernadero que un producto importado, cultivado al aire libre, incluyendo el transporte.

Esto significa es que si desea reducir la huella de carbono de su dieta, debe concentrarse en comprar alimentos con una huella de carbono general más baja en lugar de aquellos que no tienen que viajar lejos. Básicamente, esto significa comer menos carne y lácteos. Por ejemplo, producir un kilogramo de carne de ternera genera entre 15-27 kg de dióxido de carbono equivalentes (CO2eq), producir un kilogramo de queso, alrededor de 10-14 kg de CO2eq, mientras que un kilogramo de patatas generan alrededor de 2,9 kg de CO2 eq y un kilogramo de lentejas, menos de 0,9 de CO2 eq. En otras palabras, lo que comemos importa mucho más que de dónde viene.

Pero volviendo al tema de la proximidad geográfica, ésta no garantiza la no utilización de grandes cantidades de pesticidas (especialmente en suelo periurbano donde el precio de la tierra favorece la intensificación de la producción) o la no utilización de mano de obra extranjera sobreexplotada. Tampoco garantiza una mejor oferta alimentaria desde el punto de vista de la salud, el sabor o la nutrición.

Finalmente, si bien es innegable que la localización de los sistemas alimentarios crea oportunidades para la inclusión y participación de nuevos actores, el nivel local sigue dependiendo de la economía política dominante y los tratados comerciales y, por lo tanto, es posible reproducir allí los privilegios sociales existentes defendiendo los intereses de una pequeña «élite local».

Así pues lo local también tiene un lado oscuro, marcado por una dimensión de identidad, de repliegue en sí mismo y de rechazo a la alteridad, donde se trata de halagar las especificidades y la autenticidad. Un discurso bastante extendido, retomado por partidos de extrema derecha que promueven el “localismo” en una versión defensiva, tradicionalista y estrecha.

La activación de lo local también puede resultar contradictoria con un objetivo de integración territorial en países que buscan ante todo apaciguar los riesgos de conflictos internos y construir su unidad nacional.

En definitiva, es sin duda a través de la movilización de actores – productores, consumidores, responsables políticos – y a través de la construcción de nuevas formas de gobernanza para recuperar el control sobre los sistemas alimentarios que la escala local resulta particularmente interesante. Los crecientes proyectos alimentarios territoriales que están surgiendo en nuestro país (por ejemplo, en Valladolid, Navarra o Valencia) y en otros países europeos, particularmente en Francia, dan testimonio de ello. En general, enfatizan los principios y valores asociados con la sostenibilidad, el bienestar y la equidad. E incluso en la consecución de estos objetivos, estos proyectos deben hacer concesiones entre los beneficios para los agricultores y el acceso de los consumidores de bajos ingresos, y lograr el equilibrio adecuado de políticas entre la reforma a nivel local y la búsqueda de un cambio sistémico a mayor escala.

Se trata, por tanto, de que las iniciativas locales no desvíen nuestra atención de las políticas y estructuras macroeconómicas que organizan nuestra agricultura y nuestra alimentación, como la política agrícola común a nivel europeo. El desafío es que, gradualmente, estas gobernanzas territoriales puedan federarse en redes y constituir verdaderas fuerzas políticas para participar activamente en los órganos de gobernanza nacionales o internacionales de los sistemas alimentarios cuya transformación nunca ha sido más necesaria y urgente.

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