¿Estamos realmente demasiado ocupados para comer bien?

¿Estamos realmente demasiado ocupados para comer bien?
¿Estamos realmente demasiado ocupados para comer bien?

El tiempo para una buena comida, especialmente si se comparte, es el más delicado de los placeres que podemos tener.

 

En un reciente artículo, leía como en un colegio en la provincia de Henan (China) desaparecieron después de las vacaciones de verano las sillas de la cafetería, no porque la escuela quisiera ahorrar dinero, sino para que los estudiantes tuvieran más tiempo para el estudio y así evitar entretenerse durante el almuerzo. Así, los estudiantes comen de pie incómodamente en las mesas antes de volver corriendo a clase en solo 10 minutos.

Particularmente, pienso que ésta es una idea terrible, pues esta práctica es negativa para la digestión y salud de los estudiantes.

No obstante, esto no es muy diferente a aquellos empleados de oficina que almuerzan un bocata o una barra de proteínas porque hay demasiados correos electrónicos y no hay suficientes horas en el día – aunque claro, al menos ellos comen sentados, si es que no lo hacen mientras caminan por la calle para ir a su próxima reunión.

Esta falta de tiempo ya suscito mucho debate en el pasado en cuanto a la falta de tiempo para cocinar, pero ahora también está afectando a nuestra falta de tiempo para comer, desayunar e, incluso en ocasiones, cenar.

La escasez de tiempo es una de las grandes razones poco exploradas por las cuales los hábitos alimentarios modernos difieren de los de las generaciones anteriores. Existe evidencia de que cuando alguien siente falta de tiempo, cocinará menos, disfrutará menos de las comidas y terminará consumiendo más, especialmente alimentos ultra-procesados de carácter industrial.

El pan de molde en rodajas fue solo el comienzo, pero donde quiera que mire actualmente, encontramos productos que prometen ahorrarnos tiempo, desde el arroz de dos minutos hasta la monstruosidad de la pasta de cocción rápida. Todo este ahorro de tiempo también es un dispositivo de marketing inteligente, ya que nos puede convencer de que no tiene sentido intentar cocinar algo que demore más de 20 minutos. Esta presión sobre el tiempo (o la falta de él), nos empuja definitivamente a comprar más comida para llevar, utilizar más nuestros microondas y menos nuestras cucharas de madera.

Cuando decimos que nos falta tiempo para cocinar, o incluso tiempo para comer, no estamos haciendo una simple declaración, estamos hablando de valores culturales, como la práctica de comer de forma colectiva, y de la manera en que nuestra sociedad dicta como nuestros días deben ser divididos.

Muchos de nosotros estamos atrapados en rutinas en las que comer bien parece casi imposible. Sin embargo, esto se debe en parte a que vivimos en un mundo que otorga poca importancia a los alimentos y al acto de comer, incluso en países donde tradicionalmente la pausa del almuerzo era una ceremonia.

Ahora nuestra comida no está sincronizada. Uno puede ir a una cafetería y pedir un desayuno a lo largo de todo el día (incluso a las nueve de la noche) o comprar un helado junto con el periódico de la mañana sin que nadie lo vea con recelo.

Nuestra pérdida de tiempo de comer tiene consecuencias para nuestra salud. Un estudio realizado por el epidemiólogo Michael Marmot y sus colegas a principios de la década de 1970 encontró que los hombres japoneses-americanos eran más propensos a las enfermedades cardíacas cuando adoptaban los hábitos estadounidenses que inducían el estrés de comer comidas rápidamente. Marmot descubrió que la dieta por sí sola no podía explicar por qué tantos hombres japoneses murieron a causa de una enfermedad cardíaca en los Estados Unidos en comparación con sus homólogos en Japón. Los investigadores descubrieron que cuando los hombres japoneses-americanos se volvían culturalmente menos japoneses en la forma en que comían, independientemente de si los platos que estaban comiendo eran japoneses u occidentales, tenían cinco veces más probabilidades de sufrir una enfermedad coronaria. Los estudios de hombres estadounidenses casi al mismo tiempo encontraron que las tasas de enfermedad cardiaca eran más altas entre aquellos con altos niveles de individualismo, impaciencia y un sentido desesperado de urgencia respecto al tiempo – valores que la sociedad estadounidense ha estado promoviendo con fuerza.

Esto no es un motivo para hacer retroceder el reloj a una mesa patriarcal donde una madre cocina y un padre mantiene el orden con un cuchillo eléctrico, mientras los niños se sientan a masticar su comida en silencio petrificado. Se trata de mantener el principio de que el tiempo para disfrutar de la comida sigue siendo una necesidad humana básica, incluso a medida que las familias modernas, la cocina y los patrones de trabajo evolucionan.

Cuando nunca nos damos tiempo para detenernos, sentarnos y digerir, en efecto estamos diciendo que nuestro propio alimento no importa mucho. La falta de tiempo también tiene un impacto directo en nuestras elecciones de alimentos – la gran popularidad mundial de los sándwiches es un buen ejemplo y un estudio de escuelas en Reino Unido también lo evidencia, pues asignar incluso unos pocos minutos adicionales para el almuerzo hizo que los niños eligieras más verduras que patatas fritas en sus comidas.

En mi experiencia, los mejores momentos que he pasado en mi vida tienen que ver con la comida, ya sea desde el café de la mañana a las fresas grandes y exuberantes que me como perezosamente por la noche hasta que mi boca se vuelve de color rojo. Para mi comer no es una pérdida de tiempo, sino una excusa para dejar de contar los minutos por una vez y realmente experimentarlos.

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